domingo, 15 de marzo de 2015

Sin árboles, no hay aves silvestres

He escrito mucho sobre las aves de Chile, sobre lo hermosas y endémicas.

En Santiago, años atrás existían millones de aves silvestres por cada ciudadano. Hoy la situación es muy distinta; por cada 10 santiaguinos sólo hay una ave silvestre.



Semanas atrás leí un reportaje de revista Paula, en donde se habla sobre el agrónomo postdoctorado en ecología; Juan Luis Celis quien estudia estas aves y asegura que ellas son un indicador del estado del medio ambiente.

Realizó diversas investigaciones junto a tres tesistas de postgrado. y juntos observaron las aves de 43 plazas, parques, cerros y patios de colegios en diversos sectores de la ciudad para poder suponer qué aves habían cuando Pedro de Valdivia fundó Santiago.

Su proyecto se titula "Riqueza y abundancia de aves en parques urbanos de la ciudad en Santiago: ¿con las áreas verdes fuente o sumideros en una dinámica metapoblacional?"
Este agrónomo quiere saber si las plazas son un real hábitat para las aves o por el contrario, son una trampa, un lugar que le ofrece más peligro que ventajas.

Para lograrlo, puso transmisores GPS por un mes a 15 zorzales para seguir sus movimientos.
Este estudio, que ha sido de gran importancia, deja como testimonio un pequeño orbe silvestre, que perdura desde hace 10 mil años entre las copas de los árboles, vestigio de lo único indómito que nos va quedando en la capital.

Celis asegura que hay más de 34 especies en Santiago, más de lo que imaginaba.
Como todos sabemos, la mayor cantidad de aves son las palomas y gorriones, -especies introducidas por los conquistadores-, y que se encuentran en toda la ciudad, aunque también abundan especies nativas como zorzales y tórtolas. Y en algunos parques y plazas con buena vegetación podemos encontrar al chincol, diuca, cotorra argentina (también introducida), diucón, golondrina, tordo, canastero, chercán, mirlo, tenca, chirigüe, rara.Y en los parques grandes en donde se encuentran árboles viejos y altos, se puedes divisar pequeños carpinteritos, cachuditos, fio-fio, picaflor chico, minero, jilguero, loica, tiuque, cernícalo, queltehue, cometocino, codorniz, garza, pequén, halcón, perdiz, dormilona y hasta rayadito, una ave del bosque lluvioso sureño.

Personalmente tengo la bendición de contar con muchos arboles longevos, dentro de mi jardín y también hacia la calle. Puedo disfrutar de chincoles, raras, tórtolas, mirlos, picaflores entre otros. Y para ser sincera, desde que habité mi hogar, he tenido que lidiar -y prácticamente- pelear con el presidente de la junta de vecinos para que el árbol que amo, y que está en la calle, a quien lo bauticé por su contextura como el "gigante" NO lo corten. Ha tenido unas podas bastante espantosas, pero sigue ahí, firme y añoso, fuerte y robusto, y seguiré peleando para que NO lo derriben, y así las avecitas puedan vivir libremente allí.

En la revista Paula, sigue la investigación, la cual pondré algunos extractos en la siguiente entrada.

Estela

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